De profesión, wifero

Léase así, tal cual: wifero. O pronunciése waifero porque viene de Wi Fi y tarde o temprano uno de los dos “palabros” entrará en el diccionario.


Wifero es el que revende la señal de wifi, en barrios y pueblos. Se calcula que a los 100 megas que él (o ella) compra -pongamos que por 2,000 pesos, depende del plan- les saca un buen beneficio porque revende la señal a sus vecinos hasta ganarse 10 ó 12,000 pesos.

¿Es legal? Por supuesto que no. ¿Lo saben las autoridades? Por supuesto que sí. Pero parecería que no luce, y menos en tiempo de pandemia, perseguir este delito.


Reducir la brecha digital pasa por lograr la conectividad en todo el país y ésta pasa por tener el internet más accesible a todos los bolsillos. ¿O no?


No; las cosas no son tan sencillas. Los wiferos no solo no pagan impuestos y venden lo que no es suyo. Es que contribuyen con notable éxito a que el servicio de los que sí lo pagan sea de menor calidad porque ellos, los ilegales, saturan las líneas. Contratan y pagan 100 megas, pero terminan gastando capacidades absurdas, que pueden llegar a 20,000 o 30,000 megas. Y esto no hay sistema que lo aguante. Para entendernos, es como robar la luz y además pasar un cable a los vecinos cobrándoles el servicio energético.


Este robo (¿o tiene otro nombre?) no es nuevo, pero con la pandemia y las necesidades que el confinamiento acarreó para toda la familia, se multiplicó. Internet es, o casi, un producto de primera necesidad. La educación, el ocio, los servicios bancarios, la seguridad, la salud, el trabajo... nuestra vida depende de estar conectados. No se entiende entonces por qué se permite que el desarrollo de algo determinante para el futuro de todos se asiente en prácticas ilegales. (El tema va para largo...).


Fuente: Diario Libre

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